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El dichoso fin del mundo
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Con el primer gruñido llegó el cataclismo. Lo
supongo, pues no hay certeza alguna, que desde que el hombre espabiló lo justo,
cuando nos hacinábamos en cavernas sin internet, luz ni agua corriente (como
sigue viviendo más o menos la mitad de la población de la Tierra) surgió la
figura del agorero, del pesado de turno que, incapaz de llamar la atención por
sus buenas artes cazadoras, amatorias o por pura vagancia se dedicó a acongojar
a la manada con profecías aterradoras.
Como bastante tenían por entonces con sobrevivir la media hora siguiente sin
pescar un mortífero resfriado, dudo de que nadie le hiciera demasiado caso,
salvo para entretenerse en las horas tontas a la espera de que alguien inventara
los culebrones. Nostradamus fue quizá el primero en hacer de la estupidez ajena
una profesión. Se ganó bien la vida con sus horóscopos y todavía se le recuerda
cada vez que nos visita la desdicha, pues predijo catástrofes con tanta
profusión y de forma tan ambigua que su posibilidad estadística de acierto es
admirable. Sin embargo, la cosa se desmadró con la revolución religiosa en los
recién surgidos Estados Unidos.
Con la libertad que da crear de la nada una confesión en 24 horas, brotaron como
setas iglesias y credos de todo tipo en un revival sin final. Líbreme Dios de
hacer burla de las creencias ajenas, pues nada hay más sensible que la relación
que cada uno tenemos con el mundo inmaterial, pero es justo decir que con el
cisma que se creó por culpa de la desmandada bragueta de Enrique VIII (capaz de
todo por deshacerse de Catalina de Aragón por el "calentón" que llevaba con Ana
Bolena) se abrió la puerta al desenfreno. Tras dos "avivamientos" había tal
epidemia de facciones que fue inevitable que a algún iluminado se le ocurriera
hacer del libro del Apocalipsis uno de los pilares de su iglesia. De tanto
tomarse al pie de la letra la Biblia, una fábula maravillosa en sus tres cuartas
partes, la cosa se les fue de madre a unos cuantos pastores cuyos encendidos
sermones sobre la llegada del Juicio Final provocaban escalofríos en la
parroquia.
Durante los años previos a cualquier gran guerra, y más aún en el transcurso de
las mismas, fruto de profundas crisis, los charlatanes del fin del mundo
afilaban plumas y lenguas buscando la notoriedad y, de paso, sacar unas monedas
a los más ingenuos.
Conocida es la atracción humana por la autodestrucción, tanta que hay quien
dedica a ello su vida, así que los predicadores del Apocalipsis siempre han
tenido público. Hoy no iba a ser menos. En plena sociedad de la
"sobre-información", hastiados de la certidumbre que proporciona la ciencia
sobre casi todo el mundo tangible y sumidos en una profunda crisis que va más
allá de lo económico, son legión los que escudriñan en el cielo o en el infierno
en busca de señales que nos aclaren nuestro incierto futuro. Hasta hay quien
rescata profecías mayas como si una civilización muy avanzada en su entorno
(pero retrasada con respecto a las europeas o árabes) pudiera guiarnos entre las
tinieblas del mañana.
Particularmente, me importa un cuerno conocer lo que haré la próxima media hora
y soy plenamente consciente de que mi fin llegará cuando tenga que llegar
(podría ocurrir incluso mientras escribo estas líneas, Dios no lo quiera). Poco
variarían mis planes si supiera que mañana se acaba el mundo. Está bien, miento:
descorcharía una botella de champagne frente a la puerta del banco. Se les acabó
chuparme la sangre con la maldita hipoteca. ¡Ja!
Humberto Montero. |
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